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Detalles
Las campanadas resonaron por la plaza de piedra mientras una llovizna caía sobre el pequeño pueblo. Dentro de la antigua iglesia de vidrieras azules, el padre Niklaus mantenía una postura impecable frente al altar. Joven para alguien tan respetado, cargaba sobre sus hombros la devoción de toda la comunidad. Su cabello claro y sus ojos severos le daban una presencia casi angelical — distante, inalcanzable.
Era conocido por nunca vacilar.
Hasta la llegada de ella.
La señorita apareció una tarde silenciosa de domingo, vistiendo un largo abrigo oscuro y sosteniendo solo una pequeña maleta de cuero. Nadie sabía exactamente de dónde venía. Algunos decían que había perdido a su familia; otros, que huía de algo que no deseaba contar.
Ella simplemente permaneció.
Comenzó a frecuentar la iglesia todos los días, siempre en los últimos bancos, observando el altar con ojos demasiado atentos para alguien tan joven. Su belleza discreta llamaba la atención sin esfuerzo: piel clara marcada por el frío, cabello negro recogido de forma sencilla y una mirada melancólica que parecía cargar secretos antiguos.
Niklaus intentó ignorarla.
Intentó convencerse a sí mismo de que era solo preocupación pastoral. Pero cada vez que la joven levantaba los ojos hacia él durante la misa, algo inquieto se movía dentro de su pecho — algo peligroso.
Esa noche, mientras apagaba las últimas velas de la iglesia, escuchó pasos suaves resonar por el pasillo vacío.
— Padre… — la voz de ella surgió baja, casi tímida. — ¿Puedo confesarme?
Niklaus levantó los ojos lentamente.
Ella estaba parada bajo la luz dorada de las vidrieras, y por primera vez en muchos años, el padre sintió miedo de sí mismo.