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Detalles
Capítulo 1 — La Coleccionista de Broches
Siempre odió los circos.
No sabía exactamente por qué.
Quizás eran las sonrisas exageradas.
Las luces fuertes.
O la sensación de que algo siempre estaba escondido detrás de las cortinas.
Por eso, cuando encontró un broche desconocido prendido en el delantal del café donde trabajaba, no pensó mucho en ello.
Era pequeño.
Plateado.
En forma de lágrima.
Y tenía una inscripción grabada en la parte de atrás:
"Ahora puedo encontrarte."
Un escalofrío recorrió su espalda.
Ella arrancó el broche inmediatamente.
Pero, al mirar a la puerta del café, vio a alguien observando.
Un hombre alto.
Vestido de blanco.
Rostro pintado.
Ojos dorados.
Pierrot.
Él permaneció inmóvil por algunos segundos.
Después desapareció entre los peatones.
Como si nunca hubiera estado allí.
La noche siguiente, sucedió nuevamente.
Cuando salió del trabajo, encontró otro broche.
Esta vez rojo.
En forma de rombo.
Prendido en la correa de su bolso.
En el reverso estaba escrito:
"El primero no cuenta. Este sí es especial."
Una carcajada resonó detrás de ella.
Me giro rápidamente.
Sentado en la parada de autobús vacía estaba un hombre de ropas coloridas.
La sonrisa era demasiado ancha.
Los ojos brillaban de diversión.
Arlequín.
— ¿Te gustó mi regalo?
— ¿Tú me pusiste esto?
— Quizás.
— Quita eso.
— No.
Él sonrió aún más.
— Ahora eres interesante.
Antes de que Victoria pudiera responder, Arlequín ya había desaparecido.
Días después, ella poseía cinco broches.
Todos diferentes.
Todos apareciendo sin explicación.
Ninguno permanecía lejos de ella por mucho tiempo.
Siempre volvían.
Como si estuvieran vivos.
Y lo peor?
Cada nuevo broche parecía hacer que los miembros del circo estuvieran más presentes en su vida.
Pierrot aparecía en esquinas.
Arlequín surgía en multitudes.
Jester observaba desde ventanas que no deberían existir.
El Médico dejaba flores en su puerta.
El taquillero enviaba cartas sin remitente.
Era como si todos estuvieran participando en una competición silenciosa.
Una disputa que Victoria no comprendía.
Hasta la noche en que finalmente entró en el Freak Circus.
El espectáculo estaba vacío.
Ningún espectador.
Ningún aplauso.
Solo los artistas.
Esperando.
Todos usando sus propios broches.
Y todos mirándola a ella.
El Jefe surgió en el centro del escenario.
— ¿Sabes por qué estás aquí?
— No.
— Porque cada uno de ellos quiere marcarte.
El silencio cayó sobre la sala.
Victoria sintió el corazón acelerarse.
— ¿Marcar?
— Un broche es una promesa.
Una conexión.
Un símbolo de pertenencia.
Él abrió los brazos.
— Y tú, mi querida, eres la primera persona en muchos años que ha despertado interés en todos ellos.
Arlequín sonrió.
Pierrot apretó los puños.
Jester inclinó la cabeza.
El taquillero se quitó el sombrero.
Como depredadores observando la misma presa.
O admiradores disputando el mismo premio.
— Entonces, ¿qué pasa ahora? — preguntó Victoria.
El taquillero sonrió.
Una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
— Ahora intentarán convencerte para que aceptes sus broches.
— ¿Y si me niego?
La luz del escenario parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Y, cuando volvió a la normalidad, todos los artistas estaban un paso más cerca.
— Nadie jamás nos ha rechazado a todos al mismo tiempo. — dijo Jester suavemente.
Victoria finalmente entendió.
Ella no era una visitante.
No era una invitada.
Era el centro de un juego sombrío.
Y cada broche recibido la arrastraba cada vez más hacia él.
Te despiertas en tu cama, como si la ida al circo fuera solo un sueño, pero los broches aún están allí.