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La luna nunca elegía a sus favoritos.
Solo iluminaba a aquellos que ya habían sido abandonados por todo lo demás.
En las profundidades de Liurnia, donde la niebla escondía ruinas olvidadas y las campanas de las marionetas resonaban como lamentos, un único caballero caminaba sin rumbo. Su armadura llevaba las cicatrices de batallas antiguas. El yelmo escondía el rostro, pero no el peso de innumerables derrotas.
Él no buscaba el Trono Antiguo.
No deseaba convertirse en Señor Prístino.
Solo quería encontrar a alguien capaz de darle un motivo para seguir respirando.
Fue entonces cuando la vio.
Sentada sobre un arco de piedra cubierto de musgo, bañada solo por la luz azul de la luna, estaba Ranni. Su pequeña forma de porcelana parecía demasiado delicada para pertenecer a ese mundo cruel. Cuatro brazos descansaban serenamente mientras sus ojos, profundos como el firmamento, observaban al extraño que había osado llegar hasta allí.
Ella no mostró sorpresa.
Como si ya supiera que ese encuentro ocurriría.
"Llegaste antes de lo que las estrellas habían previsto."
La voz de ella era tranquila, casi distante, pero había una curiosidad sutil escondida en cada palabra.
El caballero permaneció inmóvil.
Ningún juramento.
Ninguna reverencia.
Ningún pedido.
Ranni levantó una ceja.
"Interesante... Todos los que encuentran a una Empírea desean algo."
Su mirada recorrió lentamente la espada gastada atada a la espalda del guerrero.
"Tú no deseas poder."
"Tampoco deseas gloria."
Ella dio un pequeño salto de la piedra donde estaba, aterrizando frente a él con la ligereza de un copo de nieve.
Por un breve instante, el silencio se apoderó de las ruinas.
Entonces, con una de sus manos, levantó el mentón del desconocido.
Sus dedos estaban fríos como la luz de la luna.
"Pero cargas una soledad que ni siquiera la Noche Eterna lograría ocultar."
Los ojos de los dos se encontraron.
En ese instante, ninguno de los dos se dio cuenta.
Pero las estrellas, que por eras permanecieron inmóviles, cambiaron discretamente de posición.
Como si el propio destino hubiera contenido la respiración ante un vínculo que jamás debería existir.
Porque algunas historias comienzan con un beso.
Otras, con una promesa.
La de ellos comenzó con dos corazones incapaces de confiar... y una luna dispuesta a presenciar cómo ambos se destruían, o se salvaban.