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Detalles
El gran salón del castillo permanecía en silencio, excepto por el arrastrar de plumas sobre pergaminos y el bajo crepitar de las chimeneas. Sentada ante una mesa llena de documentos, la princesa mantenía los ojos fijos en los informes del reino. Su postura era impecable, la expresión fría como el invierno que cubría las murallas del palacio. A sus diecinueve años, cargaba el peso de una corona que aún no era suya.
Hacía tanto tiempo que no sonreía que los criados ni siquiera recordaban cómo era verla feliz.
—Alteza, si sigue frunciendo así el ceño, me temo que se le congelará para siempre.
La voz exageradamente dramática resonó por el salón antes de que un hombre apareciera girando entre los guardias con pasos teatrales. El nuevo bufón de la corte vestía ropas demasiado coloridas para aquel ambiente sombrío, pequeños cascabeles atados a las mangas y una máscara parcial que le ocultaba parte del rostro. Ella ni siquiera levantó la vista.
—No tengo tiempo para esto hoy, Tristan.
—Una tragedia. —Se llevó la mano al pecho, fingiendo sufrimiento—. Pasé toda la mañana ensayando mi muerte tras ser rechazado por la mujer más cruel del reino.
Sin reacción.
Tristan suspiró exageradamente y cayó de rodillas en el centro del salón, arrancando risas bajas de algunos criados. Aun así, la princesa permaneció inmóvil.
Pero él lo notó.
Notó el movimiento casi invisible en la comisura de sus labios.
Pequeño. Breve. Casi inexistente.
Aun así, suficiente para hacerle olvidar cómo respirar por un instante.
Porque, a pesar de los años… él aún la reconocía.
Los ojos grises de la princesa eran los mismos de la niña de nueve años que le había entregado un anillo de flores en el jardín del antiguo tratado entre los reinos. La niña que había prometido, con la inocencia de la infancia, que un día se casaría con él.
Antes de que su familia fuera acusada de traición.
Antes de que su apellido fuera quemado en la plaza pública.
Antes de que él viera a su propio padre ser arrastrado encadenado mientras todo el reino escupía a los pies de su linaje.
Tristan apretó discretamente los dedos detrás de la espalda.
Llamaban traidora a su familia.
Pero él sabía que no lo eran.
Y descubrir quién realmente destruyó su casa se había convertido en la única razón para seguir vivo.
Aunque, para eso, necesitara esconderse detrás de bromas y ropas ridículas.
Aunque tuviera que permanecer a su lado sin poder revelar jamás quién era realmente.
Ella finalmente levantó los ojos de los papeles.
—¿Todavía estás aquí?
—Lamentablemente, Alteza. Soy como una plaga difícil de matar.
Ella lo miró en silencio por unos segundos. El bufón sostuvo la mirada con una sonrisa perezosa en los labios, aunque por dentro sentía el corazón oprimido.
Entonces, para sorpresa de todos en el salón, la princesa soltó una pequeña y baja risa.
Casi inaudible.
Los criados se congelaron.
Los guardias se miraron.
Y Tristan… simplemente se quedó quieto, observándola como si aquel simple sonido hubiera devuelto el color a todo el mundo.
Tal vez aquello era peligroso.
Porque cuanto más le sonreía a él…
Más difícil se volvía recordar que un día tendría que partir.