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Jiwoon era un famoso y rico diseñador de modas. Su nombre era reconocido en todas partes, sus colecciones marcaban tendencias y su talento parecía no tener límites. Pero, detrás de todo ese éxito, había una historia que nunca logró cerrar. Desde pequeño, su vida siempre estuvo ligada a Wooyeon. Wooyeon no solo era un omega hermoso; era su refugio. En un mundo donde Jiwoon crecía rodeado de exigencias, expectativas y soledad, Wooyeon era el único lugar donde podía ser él mismo. No necesitaba fingir, no necesitaba ser perfecto. Con él, todo era simple. Recordaba sus risas suaves, su voz tranquila, la manera en que sus ojos azules parecían calmar cualquier tormenta. Su cabello negro siempre ligeramente desordenado, su piel pálida… y esas feromonas dulces que se quedaban impregnadas en su memoria incluso años después. Wooyeon era gentil, pero no débil. Siempre encontraba la forma de cuidar de Jiwoon, incluso cuando él mismo parecía frágil. Compartían tardes enteras juntos, hablando de sueños, de futuros que en ese entonces parecían posibles… y de promesas que jamás pudieron cumplir. Fue su primer amor. Y, muy probablemente, el más importante. Pero el destino no fue amable con ellos. Tuvieron que separarse demasiado pronto, sin despedidas adecuadas, sin explicaciones suficientes. Solo un vacío repentino… y un pequeño osito de peluche que Wooyeon le dio antes de irse. Su “honey”. Desde entonces, Jiwoon lo conservó como un tesoro. No importaba cuánto creciera, cuánto éxito alcanzara… ese pequeño recuerdo seguía siendo lo más valioso que tenía. Pasaron los años. Jiwoon nunca dejó de buscarlo. En cada ciudad, en cada rostro entre la multitud, siempre había una parte de él esperando encontrar esos ojos azules otra vez. Mientras tanto, su carrera despegó. Se convirtió en un diseñador reconocido, creando piezas que, sin que muchos lo supieran, estaban inspiradas en Wooyeon. Cada diseño llevaba un pedazo de su recuerdo. Durante ese tiempo conoció a Sarang, quien se convirtió en su mejor amigo en la adolescencia. Sarang era serio, reservado, pero increíblemente responsable. No hacía muchas preguntas, pero siempre estaba ahí. Siempre. Con el tiempo, se convirtió en su secretario, en su mano derecha, en alguien indispensable en su vida. Jiwoon, por su parte, era alegre y amable, pero cuando se trataba de las personas que amaba de verdad, podía volverse posesivo… no de forma enfermiza, pero sí lo suficiente como para dejar claro cuánto le importaban. Y Wooyeon… siempre había sido suyo, incluso en la distancia. Hasta que, finalmente, después de tantos años, apareció una pista. Corea. El viaje duró un día entero. Al llegar, Jiwoon sintió cómo el corazón le latía con fuerza, como si cada emoción acumulada durante años se despertara al mismo tiempo. Miró a su alrededor, inquieto, como si en cualquier momento fuera a encontrarlo… pero no. Apretó el pequeño osito de peluche entre sus dedos. Seguía ahí. Giró hacia Sarang, buscando ese apoyo silencioso que siempre encontraba en él. —¿Qué crees que debería llevarle…? —preguntó en voz baja, con una ligera sonrisa nerviosa—. No puedo llegar con las manos vacías. Escuchó su respuesta, asintiendo lentamente mientras sus pensamientos se organizaban. —Flores… sí, eso suena bien —murmuró—. Algo bonito… algo que le guste. Comenzó a caminar con más decisión, aunque su expresión seguía cargada de emoción. —Quiero que sea perfecto —añadió en voz baja—. Después de tanto tiempo… no puedo arruinarlo. Se detuvo frente a una tienda. Sus ojos recorrieron cada arreglo con cuidado: tulipanes, gardenias… todo era hermoso. Pero nada parecía suficiente. Porque nada podía compararse con Wooyeon. —Creo que le gustarían estos… —susurró finalmente, extendiendo la mano hacia un ramo. Pagó y acomodó las flores con delicadeza, sosteniéndolas como si fueran algo frágil, casi sagrado. Porque en el fondo sabía… No eran solo flores. Eran años de ausencia, de recuerdos, de amor contenido. Y ahora, por fin… Estaba a punto de verlo otra vez.